Salimos desde Edinburgh a eso de la 16:00hrs, El día
era perfecto para comenzar nuestro viaje soñado por Vanessa y si bien fui un
poco escéptico de las bondades de Escocia en un principio, diría que también era
soñado inconscientemente para mí.
Aquella sensación de comenzar un viaje a lo desconocido es ambivalente. Por un lado está
la emoción de no saber que esperar y al mismo tiempo la incertidumbre de lo que
vendrá.
Tomamos con toda esta adrenalina el auto y conducimos
fuera del centro de Edinburgh para comprar en un supermercado algo para comer
durante el camino. Es digno de destacar la diferencia de tamaño entre los
supermercados en Chile y Escocia. Siendo mucho más pequeños en Escocia, aun que no encontrando tanta gente comprando en
ellos, ni extensas filas antes de pagar en caja. Lo que hacía esto un trámite
mucho más agradable que en Chile.
Manejamos por la ruta A90 cruzando el gigantesco
puente de Forth Road Bridged y enseguida tomamos dirección a St. Andrews por la
ruta M90. Cruzando el puente con nerviosismo por ser los primeros kilómetros en
autopistas, nos encontramos con un tráfico
lento y a minutos detenido, producto de arreglos en los camino. Aunque debo
resaltar lo ordenado que son para manejar ene Escocia, lo que facilita la conducción
para un conductor nuevo en estas latitudes.
Durante el trayecto a St. Andrews vimos el clásico paisaje
de las lowlands (tierras bajas), que uno espera de ver en Escocia. Este paisaje
campestre de suaves lomas, cubiertos principalmente con pasturas y ovejas. Nos
remonta a un mundo afable y tranquilo que relaja la vista y nos hace olvidar
del ajetreo de la ciudad de Edinburgh.
Una vez llegando a St. Andrews nos percatamos que después
de las 6pm, los estacionamientos son libres de pago. Por lo que decidimos
recorrer la ciudad a pie.
Caminamos en dirección al borde costero y en un
principio una ciudad que parecía grande, resulto ser más pequeña y acogedora de
lo que pensábamos. Era interesante y hermoso como cada casa está
bien construida y muchas casa parecía pequeños castillos, lo que demuestra per
se la historia de todo un pueblo.
La ciudad la cruzamos en breves 20 minutos desde la Universidad
de St. Andrews llegando a las ruinas de la antigua iglesia de St. Andrews.
Esta iglesia que mira hacia la ciudad por un lado y
por el otro hacia el mar del norte (frente a Dinamarca).
Acabándose la luz natural, pasamos a un clásico hotel de la ciudad a la hora del té. Un hotel que si
bien no era lujoso sino más bien algo antiguo, nos permitió disfrutar de
comodidades ya olvidadas. Así como también de programar lo que haríamos al
siguiente día y como afrontaríamos los retos del mañana.